El 1° de
Mayo cumplí siete años con diabetes; toda una cifra. De a poco estoy entrando
en la “adolescencia diabética”, por llamarlo de alguna manera. O estoy
creciendo, si quiero llamarlo de otra.
Vivir con
diabetes es una experiencia, como todo, y en esa experiencia uno aprende, se
equivoca, se adapta y se acostumbra. Es inevitable que todo eso me haya pasado
a mí en este tiempo. Aprendí, un montón; me equivoqué, otro montón; me adapté,
mucho y me acostumbré, en demasía. Porque es todo así con esta enfermedad: por
suerte yo la tomé con cierto grado de seriedad, y si bien todo mi mundo me
reclama que con la comida soy un desastre y que no le doy pelota a la dieta,
también es verdad que me dicen que no conocen a nadie que se cuide de la manera
en que yo lo hago. Para resumir: no todo insulinodependiente anda las 24hs con
el medidor de glucosa y las insulinas encima, por las dudas.

Mi diabetes
ya está entrando en zona de peligro, en el sentido de que siete años ya es un
tiempo prolongado de enfermedad, y pueden empezar a aparecer complicaciones
derivadas: qué se yo, ojos, riñón, extremidades… nada de eso me ha pasado, los
controles siguen dando bien y lo que da algo torcido puede revertirse. Eso me
pone contento.
Después es
sólo cuestión de vivir, así, normal, como suena. Tener más o menos azúcar en
sangre no puede impedir nada de lo que se puede disfrutar en esta vida, así que
por eso no me preocupo. Vivir, con o sin diabetes, es exactamente lo mismo para
mí. Así que ahí voy, viviendo y disfrutando… con un poquito más o menos de
azúcar encima, que, en definitiva, es lo que menos importa.